El trauma infantil también daña a la sociedad: por qué proteger a la infancia es una prioridad
Durante décadas hemos tendido a pensar en el trauma infantil como un problema individual: algo que le ocurrió a un niño y cuyas consecuencias, si aparecen, deberán abordarse posteriormente mediante tratamiento psicológico. Sin embargo, la investigación sobre las experiencias adversas en la infancia (ACEs) ha transformado profundamente esta perspectiva.
La violencia, el abuso, la negligencia y otras formas de adversidad durante los primeros años de vida no afectan únicamente al bienestar emocional inmediato del niño. Se asocian con un mayor riesgo de problemas de salud mental y física, dificultades académicas y laborales, consumo problemático de sustancias y problemas relacionales durante la vida adulta. (CDC)
Por esta razón, prevenir el trauma infantil no es solamente una cuestión de protección de la infancia, Es también una cuestión de salud pública y, en último término, una inversión en la sociedad que queremos construir.
La violencia contra la infancia sigue siendo extraordinariamente frecuente
La magnitud del problema resulta difícil de ignorar. Según las estimaciones actuales de la Organización Mundial de la Salud, hasta 1.000 millones de niños y adolescentes de entre 2 y 17 años experimentan cada año alguna forma de violencia física, sexual o emocional o negligencia. (World Health Organization)
Además, la OMS estima que alrededor de 6 de cada 10 niños menores de cinco años sufren regularmente castigo físico y/o violencia psicológica por parte de padres o cuidadores. (World Health Organization)
Estos datos recuerdan algo fundamental: el trauma infantil no constituye un fenómeno marginal que afecta únicamente a un pequeño grupo de familias extremadamente vulnerables.
Las experiencias adversas aparecen en diferentes culturas, contextos socioeconómicos y entornos familiares.
El histórico estudio ACE realizado en Estados Unidos ya puso de manifiesto esta realidad. Investigaciones posteriores del CDC continúan mostrando una elevada prevalencia: aproximadamente dos tercios de los adultos estadounidenses incluidos en los datos nacionales analizados entre 2011 y 2020 informaron de al menos una experiencia adversa durante la infancia, y aproximadamente uno de cada seis informó de cuatro o más. (CDC)
¿Por qué las experiencias infantiles pueden dejar una huella tan duradera?
La infancia es un periodo extraordinariamente sensible del desarrollo. El cerebro, el sistema nervioso, los sistemas de respuesta al estrés y las capacidades de regulación emocional se desarrollan en interacción constante con el entorno. Cuando un niño dispone de adultos suficientemente disponibles y protectores, puede experimentar miedo, frustración o dolor y posteriormente recuperar un estado de seguridad.
El problema aparece cuando la amenaza es intensa, repetida o prolongada y el niño no dispone de relaciones capaces de ayudarle a regularla.
El estrés puede convertirse en estrés tóxico
Una activación puntual del sistema de estrés forma parte del desarrollo normal. Pero cuando la adversidad es severa o persistente y no existe el apoyo adecuado de un adulto, puede aparecer lo que se conoce como estrés tóxico: una activación excesiva o prolongada de los sistemas de respuesta al estrés. Este tipo de exposición puede interferir en el desarrollo saludable de diferentes sistemas cerebrales y corporales y aumentar la vulnerabilidad a problemas relacionados con el estrés durante la vida adulta. (Harvard Center on Developing Child)
No significa que cada niño expuesto a una experiencia traumática vaya a desarrollar necesariamente un trastorno psicológico. Trauma no significa destino. El desarrollo depende también de la intensidad y duración de las experiencias, de las características individuales y, sobre todo, de la presencia de relaciones protectoras y oportunidades posteriores de reparación.
Trauma infantil, cerebro y regulación emocional
La investigación neurobiológica ha encontrado asociaciones entre el maltrato infantil y diferencias en el desarrollo de sistemas relacionados con la detección de amenazas, la regulación emocional, la memoria y el procesamiento del estrés. (PubMed)
Esto ayuda a comprender por qué algunas personas que han vivido experiencias traumáticas pueden mostrar posteriormente:
- hipervigilancia;
- dificultades de concentración;
- respuestas emocionales muy intensas;
- problemas de regulación del miedo o la ira;
- desconexión o entumecimiento emocional;
- dificultades para dormir;
- problemas relacionales;
- conductas destinadas a reducir rápidamente el malestar.
Estas respuestas no deberían interpretarse automáticamente como signos de debilidad personal.
En muchos casos pueden comprenderse mejor teniendo en cuenta cómo la persona aprendió a sobrevivir y adaptarse al entorno en el que creció.
Muchas veces, el trauma empieza dentro de casa
Cuando pensamos en violencia infantil, es fácil imaginar guerras, delincuencia, bullying o situaciones de grave exclusión social. Pero una parte importante de la violencia contra los niños ocurre precisamente en los contextos que deberían ofrecerles protección.
La OMS incluye dentro del maltrato infantil la violencia física, sexual y emocional, así como la negligencia y otras formas de explotación ejercidas en relaciones de responsabilidad, confianza o poder. Con frecuencia estas experiencias ocurren en el propio hogar. (World Health Organization)
Esto tiene una importancia especial desde el punto de vista del desarrollo. Cuando la misma persona de la que el niño depende para sentirse seguro es también una fuente de miedo, humillación, abandono o dolor, aparece una situación especialmente compleja. El niño necesita acercarse para encontrar protección y, al mismo tiempo, puede necesitar protegerse de esa misma relación.
Las relaciones protectoras pueden cambiar la trayectoria
Uno de los mensajes más importantes de la investigación contemporánea es que los efectos de la adversidad no son inevitables ni irreversibles.
Las relaciones estables, sensibles y responsivas con adultos significativos pueden amortiguar la respuesta al estrés y favorecer un desarrollo más saludable. (Harvard Center on Developing Child)
Por ello, proteger a la infancia no consiste únicamente en intervenir cuando ya se ha producido un abuso grave. También significa crear contextos que ayuden a las familias a cuidar.
Esto incluye:
- apoyar a padres y cuidadores;
- promover formas de crianza sensibles y no violentas;
- facilitar el acceso temprano a servicios de salud mental;
- identificar precozmente situaciones de riesgo;
- formar a profesionales sanitarios, educativos y sociales;
- ofrecer entornos escolares seguros;
- garantizar sistemas eficaces de protección de la infancia.
La prevención necesita, por tanto, una respuesta que vaya mucho más allá de la consulta psicológica.
Del sufrimiento individual al impacto social
Las consecuencias de las experiencias adversas no terminan necesariamente cuando finaliza la infancia. Los estudios encuentran asociaciones entre ACEs y un amplio conjunto de resultados posteriores: depresión, ansiedad, conductas suicidas, consumo problemático de sustancias, enfermedades crónicas y dificultades educativas y laborales. (CDC)
Esto significa que el coste del trauma infantil se distribuye posteriormente por múltiples sistemas: salud mental, atención sanitaria, educación, servicios sociales, justicia, empleo y relaciones familiares.
Por esta razón, invertir en prevención no debería considerarse simplemente un gasto destinado a resolver un problema social. Es una estrategia para reducir sufrimiento futuro y favorecer comunidades más saludables. La propia OMS señala que las consecuencias del maltrato infantil pueden afectar a la salud física y mental durante toda la vida y que sus repercusiones sociales y laborales terminan influyendo en el desarrollo económico y social de los países. (World Health Organization)
El riesgo de tratar únicamente los síntomas
Bessel van der Kolk plantea en el artículo que da origen a este texto una cuestión especialmente relevante para los profesionales de la salud mental. ¿Qué ocurre cuando tratamos exclusivamente el síntoma sin preguntarnos qué experiencias ayudaron a construirlo? (Al Jazeera)
Una persona puede llegar a consulta con depresión, ataques de pánico, problemas de conducta, consumo de sustancias, dificultades relacionales o una intensa desregulación emocional. Naturalmente, estos síntomas necesitan una evaluación rigurosa y pueden responder a múltiples causas. La existencia de un diagnóstico no debe reducirse automáticamente a la presencia de un trauma. Pero tampoco conviene ignorar la historia de la persona.
Una evaluación informada sobre el trauma pregunta no solamente:
«¿Qué síntomas presenta?»
También considera:
«¿Qué le ha ocurrido?»
«¿Qué aprendió a hacer para protegerse?»
«¿Qué desencadenantes continúan activando actualmente esas respuestas?»
«¿Qué recursos y relaciones de seguridad tiene disponibles?»
Este cambio de perspectiva no elimina el diagnóstico. Lo sitúa dentro de una comprensión más amplia de la persona.
Un cambio importante desde 2024: la protección infantil ha ganado espacio en la agenda internacional
El artículo original de Van der Kolk fue publicado en junio de 2024, pocos meses antes de un acontecimiento que entonces todavía estaba por celebrarse. Los días 7 y 8 de noviembre de 2024, Bogotá acogió la primera Conferencia Ministerial Mundial para poner fin a la violencia contra la infancia, organizada por los gobiernos de Colombia y Suecia con el apoyo de la OMS, UNICEF y Naciones Unidas. (World Health Organization)
La conferencia produjo 120 compromisos concretos, incluidos 112 compromisos oficiales de Estados miembros, destinados a impulsar acciones para prevenir la violencia contra niños y adolescentes. (World Health Organization)
Es un avance importante. Pero los compromisos internacionales solo adquieren sentido cuando se traducen en prevención, financiación, servicios, formación profesional y protección efectiva. El problema, además, sigue siendo enorme: las estimaciones internacionales continúan situando en hasta 1.000 millones el número de niños afectados por alguna forma de violencia cada año. (World Health Organization)
Prevenir el trauma infantil significa también apoyar a quienes cuidan
Una política eficaz de protección de la infancia no puede limitarse a culpabilizar a las familias. Los padres y cuidadores también necesitan recursos. La OMS destaca entre las estrategias de prevención el apoyo a las familias, la formación en habilidades de crianza positiva, la creación de entornos escolares seguros, la transformación de normas que legitiman la violencia y la existencia de servicios capaces de identificar y atender precozmente a los niños afectados. (World Health Organization)
La prevención comienza mucho antes de que un niño llegue años después a una consulta psicológica intentando comprender las consecuencias de aquello que vivió. Comienza creando condiciones que hagan menos probable que el trauma ocurra y más probable que, cuando ocurra, exista un adulto capaz de reconocerlo y ofrecer protección.
¿Qué implica todo esto para psicólogos y psicoterapeutas?
Para los profesionales de la salud mental implica adoptar una mirada capaz de conectar síntomas, desarrollo, cuerpo, relaciones y contexto.
No todas las dificultades psicológicas proceden del trauma. Pero cuando existe una historia de adversidad significativa, ignorarla puede dejar fuera una parte central de la experiencia del paciente.
Una práctica informada sobre el trauma requiere:
1) Explorar la historia sin asumirla
Preguntar por experiencias adversas no significa interpretar automáticamente cualquier síntoma como traumático.
La evaluación debe seguir siendo individualizada y respetuosa.
2) Comprender las estrategias de supervivencia
La evitación, la hipervigilancia, la desconexión o determinadas respuestas interpersonales pueden haber cumplido una función adaptativa en otro momento de la vida.
Comprender esa función puede modificar profundamente el modo de trabajar con ellas.
3) Priorizar seguridad y regulación
Antes de abordar directamente experiencias traumáticas puede ser necesario fortalecer recursos, regulación emocional y sensación de seguridad dentro de la relación terapéutica.
4) Reconocer los factores protectores
La historia de una persona no está compuesta únicamente por aquello que le hizo daño.
También importan las relaciones que ayudaron, los recursos desarrollados, las capacidades de adaptación y las experiencias posteriores capaces de generar nuevas formas de seguridad.
Proteger a los niños es cuidar la sociedad del futuro
El mensaje central de Van der Kolk sigue siendo plenamente vigente. Las consecuencias del trauma infantil no permanecen encerradas en la infancia. Pueden aparecer años después en las consultas psicológicas, en los hospitales, en las escuelas, en las relaciones familiares, en el trabajo y en otros sistemas sociales. Pero existe otra cara de esta realidad.
Si las experiencias infantiles pueden influir profundamente en el desarrollo, entonces crear entornos seguros, relaciones protectoras y oportunidades tempranas de intervención también puede hacerlo. Prevenir la violencia, apoyar a las familias, detectar precozmente el sufrimiento y ofrecer tratamientos adecuados no constituye únicamente una forma de reparar el daño.
Es una forma de evitar que una parte de ese daño llegue a producirse. Por eso, proteger a la infancia es una responsabilidad ética. Pero también es una de las inversiones más inteligentes que una sociedad puede realizar en su propio futuro.
Versión traducida, revisada y actualizada para PESI España a partir del artículo de opinión de Bessel van der Kolk «Childhood trauma damages society – why aren’t our leaders recognising it?», publicado en Al Jazeera en junio de 2024. La presente versión actualiza los datos y acontecimientos posteriores a su publicación y matiza algunas formulaciones de acuerdo con la evidencia disponible actualmente.




